La Divina Comedia
La Divina Comedia y una espada tenía entre las manos,
que los rayos así nos reflejaba,
que en vano a ella dirigí mi vista.
«Decidme desde allí: ¿Qué deseáis
—él comenzó a decir— ¿y vuestra escolta?
No os vaya a ser dañosa la venida.»
«Una mujer del cielo, que esto sabe,
—le respondió el maestro— nos ha dicho
antes, id por allí, que está la puerta.»
«Y ella bien ha guiado vuestros pasos
—cortésmente el portero nos repuso—:
venid pues y subid los escalones.
Allí subimos; y el primer peldaño
era de mármol blanco y tan pulido,
que en él me espejeé tal como era.
Era el segundo oscuro más que el perso
hecho de piedra áspera y reseca,
agrietado a lo largo y a lo ancho.
El tercero que encima descansaba,
me pareció tan llameante pórfido,
cual la sangre que escapa de las venas.
Encima de éste colocaba el ángel
de Dios, sus plantas, al umbral sentado,
que piedra de diamante parecía.
Por los tres escalones, de buen grado,
el guía me llevó, diciendo: «Pide
humildemente que abran el cerrojo.»