La Divina Comedia

La Divina Comedia

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A los pies santos me arrojé devoto;

y pedí que me abrieran compasivos,

mas antes di tres golpes en mi pecho.

Siete P, con la punta de la espada,

en mi frente escribió: «Lavar procura

estas manchas —me dijo— cuando entres.»

La ceniza o la tierra seca eran

del color mismo de sus vestiduras;

y de debajo se sacó dos llaves.

Era de plata una y la otra de oro;

con la blanca y después con la amarilla

algo que me alegró le hizo a la puerta.

«Cuando cualquiera de estas llaves falla,

y no da vueltas en la cerradura

—dijo él— esta entrada no se abre.

Más rica es una; pero la otra, antes

de abrir, requiera más ingenio y arte,

porque es aquella que el nudo desata.

Me las dio Pedro; y díjome que errase

antes en el abrirla que en cerrarla,

mientras la gente en tierra se prosterne.»

Después empujó la puerta sagrada,

diciéndonos: «Entrad, pero os advierto

que vuelve afuera aquel que atrás mirase.»

Y al girar en sus goznes las esquinas

de aquellas sacras puertas, que de fuertes

y sonoros metales están hechas,


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