La Divina Comedia
La Divina Comedia Y al cruzar el umbral de aquella puerta
que el mal amor del alma hace tan rara,
pues que finge derecho el mal camino,
resonando sentí que la cerraban;
y si la vista hubiese vuelto a ella,
¿con qué excusara falta semejante?
Ascendimos por una piedra hendida,
que se movía de uno y de otro lado
como la ola que huye y se aleja.
«Aquí es preciso usar de la destreza
—dijo mi guía— y que nos acerquemos
aquí y allá del lado que se aparta.»
Y esto nos hizo retardar el paso,
tanto que antes el resto de la luna
volvió a su lecho para cobijarse,
que aquel desfiladero abandonásemos;
mas al estar ya libres y a lo abierto,
donde el monte hacia atrás se replegaba,
cansado yo, y los dos sobre la ruta
inciertos, nos paramos en un sitio
más solo que un camino en el desierto.
Desde el borde que cae sobre el vacío,
al pie del alto farallón que asciende,
tres veces mediría el cuerpo humano;
y hasta donde alcanzaba con los ojos,
por el derecho y el izquierdo lado,
esa cornisa igual me parecía.