La Divina Comedia
La Divina Comedia Allí en el mismo mármol esculpido
estaban carro y bueyes con el arca
que hace temible el no mandado oficio.
Delante había gente; y toda ella
en siete coros, que mis dos sentidos
uno decía: «No», y otro: «Sí canta.»
Y al igual con el humo del incienso
representado, la nariz y el ojo
entre el no y entre el sí tuvieron pugna.
Ante el bendito vaso daba brincos
el humilde salmista arremangado,
más y menos que rey en ese instante.
Frente a él, figurada en la azotea,
de un gran palacio, Micol se asombraba
como mujer despreciativa y triste.
Moví los pies del sitio en donde estaba,
para ver otra historia más de cerca,
que detrás de Micol resplandecía.
Aquí estaba historiada la alta gloria
del principe romano, a quien Gregorio
hizo por sus virtudes victorioso;
hablo de aquel emperador Trajano;
y de una viuda que cogióle el freno,
de dolor traspasada y de sollozos.
Había en torno a él gran muchedumbre
de caballeros, y las águilas áureas
sobre ellos se movían con el viento.