La Divina Comedia
La Divina Comedia La pobrecilla entre todos aquellos
parecía decir: «Dame venganza,
señor, de mi hijo muerto, que me aflige.»
Y él que le contestaba: «Aguarda ahora
a mi regreso»; y ella: « Señor mío
—como alguien del dolor impacientado—,
¿y si no vuelves?» y él: «Quien en mi puesto
esté, lo hará»; y ella: « El bien que otro haga
¿qué te importa si el tuyo has olvidado?»
Por lo cual él: «Consuélate; es preciso
que cumpla mi deber antes de irme:
la piedad y justicia me retienen.»
Aquel que nunca ha visto cosas nuevas
fue quien produjo aquel hablar visible,
nuevo a nosotros pues que aquí no se halla.
Mientras yo me gozaba contemplando
los simulacros de humildad tan grande,
más gratos aún de ver por su artesano,
«Por acá vienen, mas con lentos pasos
—murmuraba el poeta— muchas gentes:
éstas podrán llevamos más arriba.»
Mis ojos, que en mirar se complacían
por ver lá novedad que deseaban,
en volverse hacia él no fueron lentos.
Mas no quiero lector desanimarte
de tus buenos propósitos si escuchas
cómo desea Dios cobrar las deudas.