La Divina Comedia
La Divina Comedia Al dirigirnos por ese camino
Beati pauperes spiritu, de un modo
inefable cantaban unas voces.
Ah qué distintos eran estos pasos
de aquellos del infierno: aquí con cantos
se entra y allí con feroces lamentos.
Por los santos peldaños ya subíarnos
y bastante más leve me encontraba,
de lo que en la llanura parecía.
Por lo que yo: «Maestro ¿qué pesada
carga me han levantado, que ninguna
fatiga casi tengo caminando?»
Él respondió: «Cuando las P que quedan
aún en tu rostro a punto de borrarse,
estén, como una de ellas, apagadas,
tan vencidos los pies de tus deseos
estarán, que no sólo sin fatiga,
sino con gozo arriba han de llevarte.»
Entonces hice como los que llevan
en la cabeza un algo que no saben,
y sospechan por gestos de los otros;
y por lo cual se ayudan con la mano,
que busca y halla y cumple así el oficio
que no pudiera hacerlo con la vista;
extendiendo los dedos de la diestra,
sólo encontré seis letras, que en mi frente
el de la llave habíame grabado: