La Divina Comedia
La Divina Comedia De reverencia adorna rostro y porte,
para que guste arriba conducirnos;
piensa que ya este día nunca vuelve.»
Acostumbrado estaba a sus mandatos
de no perder el tiempo, así que en esa
materia no me hablaba oscuramente.
El bello ser, de blanco, se acercaba,
con el rostro cual suele aparecer
tremolando la estrella matutina.
Abrió los brazos, y después las alas;
dijo: «Venid, cercanos los peldaños
están y ya se sube fácilmente.
Muy pocos a esta invitación alcanzan:
oh humanos que nacisteis a altos vuelos,
¿cómo un poco de viento os echa a tierra?»
A la roca cortada nos condujo;
allí batió las alas por mi frente,
y prometió ya la marcha segura.
Como al subir al monte, a la derecha,
en donde está la iglesia que domina
la bien guiada sobre el Rubaconte,
del subir se interrumpe la fatiga
por escalones que se construyeron
cuando sumario y pesas eran ciertos;
tal se suaviza aquella ladera
que cae a plomo del otro repecho;
mas rozando la piedra a un lado y otro.