La Divina Comedia
La Divina Comedia (sin descendientes unos y los otros),
a damas y a galanes, las hazañas,
los afanes de amor y cortesía,
donde ya tan malvadas son las gentes.
¿Por qué no te esfumaste, oh Brettinoro,
cuando se hubo marchado tu familia,
y mucha gente por no ser perversa?
Bien hizo Bagnacaval, ya sin hijos;
e hizo mal Castrocaro, y peor Conio,
que tales condes en prohijar se empeña.
Bien harán los Pagan, cuando al fin pierdan
su demonio; si bien ya nunca puro
ha de quedar de aquellos el recuerdo.
Oh Ugolino dei Fantolín, seguro
está tu nombre y no se espera a nadie
que, corrompido, oscurecerlo pueda.
Y ahora vete, toscano, que deseo
más que hablarte, llorar; así la mente
nuestra conversación me ha obnubilado.»
Sabíamos que aquellas caras almas
nos oían andar, y así, callando,
hacían confiarnos del camino.
Nada más avanzar, ya los dos solos,
igual que un rayo que en el aire hiende,
se oyó una voz venir en contra nuestra:
«Que me mate el primero que me encuentre»;
y huyó como hace un trueno que se escapa,