La Divina Comedia
La Divina Comedia Mientras que por la orilla uno tras otro
marchábamos y el buen maestro a veces
«Mira —decÃa— como te he advertido»;
sobre el hombro derecho el sol me herÃa,
que ya, radiando, todo el occidente
el celeste cambiaba en blanco aspecto;
y hacÃa con mi sombra más rojiza
la llama parecer; y al darse cuenta
vi que, andando, miraban muchas sombras.
Esta fue la ocasión que les dio pie
a que hablaran de m×, y asà empezaron
«Este cuerpo ficticio no parece»;
luego vueltos a mà cuanto podÃan,
se cercioraron de ello, con cuidado
siempre de no salir de donde ardiesen.
«Oh tú que vas, no porque tardo seas,
mas tal vez reverente, tras los otros,
respóndeme, que en este fuego ardo.
No sólo a mà aproveche tu respuesta;
pues mayor sed tenemos todos de ella
que de agua frÃa la India o la EtiopÃa.
Dinos cómo es que formas de ti un muro
al sol, de tal manera que no hubieses
aún entrado en las redes de la muerte.»
Asà me hablaba uno; y yo me hubiera
ya explicado, si no estuviese atento