La Divina Comedia

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Mas yo, alma triste, no me encuentro sola,

que éstas se hallan en pena semejante

por semejante culpa», y más no dijo.

Yo le repuse: «Ciacco, tu tormento

tanto me pesa que a llorar me invita,

pero dime, si sabes, qué han de hacerse

de la ciudad partida los vecinos,

si alguno es justo; y dime la razón

por la que tanta guerra la ha asolado.»

Y él a mí: «Tras de largas disensiones

ha de haber sangre, y el bando salvaje

echará al otro con grandes ofensas;

después será preciso que éste caiga

y el otro ascienda, luego de tres soles,

con la fuerza de Aquel que tanto alaban.

Alta tendrá largo tiempo la frente,

teniendo al otro bajo grandes pesos,

por más que de esto se avergüence y llore.

Hay dos justos, mas nadie les escucha;

son avaricia, soberbia y envidia

las tres antorchas que arden en los pechos.»

Puso aquí fin al lagrimoso dicho.

Y yo le dije: «Aún quiero que me informes,

y que me hagas merced de más palabras;

Farinatta y Tegghiaio, tan honrados,

Jacobo Rusticucci, Arrigo y Mosca,

y los otros que en bien obrar pensaron,


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