La Divina Comedia
La Divina Comedia como sus siervas fuimos destinadas.
Te hemos de conducir ante sus ojos;
mas a su luz gozosa han de aguzarte
las tres de allí, que miran más profundo.»
Así empezaron a cantar; y luego
hasta el pecho del grifo me llevaron,
donde estaba Beatriz vuelta a nosotros.
Me dijeron: «No ahorres tus miradas;
ante las esmeraldas te hemos puesto
desde donde el Amor lanzó sus flechas.»
Mil deseos ardientes más que llamas
mis ojos empujaron a sus ojos
relucientes, aún puestos en el grifo.
Lo mismo que hace el sol en el espejo,
la doble fiera dentro se copiaba,
con una o con la otra de sus formas.
Imagina, lector, mi maravilla
al ver estarse quieta aquella cosa,
y en el ídolo suyo transmutarse.
Mientras que llena de estupor y alegre
mi alma ese alimento degustaba
que, saciando de sí, aún de sí da ganas,
demostrando que de otro rango eran
en su actitud, las tres se adelantaron,
danzando con su angélica cantiga.
«¡Torna, torna, Beatriz, tus santos ojos
—decía su canción— a tu devoto