La Divina Comedia
La Divina Comedia que era una sola en dos naturalezas.
Bajo su velo y desde el otro margen
a sí misma vencerse parecía,
vencer a la que fue cuando aquí estaba.
Me picó tanto el arrepentimiento
con sus ortigas, que enemigas me hizo
esas cosas que más había amado.
Y tal reconocer mordióme el pecho,
y vencido caí; y lo que pasara
lo sabe aquella que la culpa tuvo,
Y vi a aquella mujer, al recobrarme,
que había visto sola, puesta encima
«¡cógete a mí, cógete a mí!» diciendo.
Hasta el cuello en el río me había puesto,
y tirando de mí detrás venía,
como esquife ligera sobre el agua.
Al acercarme a la dichosa orilla,
«Asperges me» escuché tan dulcemente,
que recordar no puedo, ni escribirlo.
Abrió sus brazos la mujer hermosa;
y hundióme la cabeza con su abrazo
para que yo gustase de aquel agua.
Me sacó luego, y mojado me puso
en medio de la danza de las cuatro
hermosas; cuyos brazos me cubrieron.
«Somos ninfas aquí, en el cielo estrellas;
antes de que Beatriz bajara al mundo,