La Divina Comedia

La Divina Comedia

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CANTO XXXII

Mi vista estaba tan atenta y fija

por quitarme la sed de aquel decenio,

que mis demás sentidos se apagaron.

Y topaban en todas partes muros

para no distraerse —¡así la santa

sonrisa con la antigua red prendía!—;

cuando a la fuerza me hicieron girar

aquellas diosas hacia el lado izquierdo,

pues las oí decir: «¡Miras muy fijo!»;

y la disposición que hay en los ojos

que el sol ha deslumbrado con sus rayos,

sin vista me dejó por algún tiempo.

Cuando pude volver a ver lo poco

(digo «lo poco» con respecto al mucho

de la luz cuya fuerza me cegara),

vi que se retiraba a la derecha

el glorioso ejército, llevando

el sol y las antorchas en el rostro.

Cual bajo los escudos por salvarse

con su estandarte el escuadrón se gira,

hasta poder del todo dar la vuelta;

esa milicia del celeste reino

que iba delante, desfiló del todo

antes que el carro torciera su lanza.

A las ruedas volvieron las mujeres,

y la bendita carga llevó el grifo

sin que moviese una pluma siquiera.


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