La Divina Comedia
La Divina Comedia La hermosa dama que cruzar me hizo,
Estacio y yo, seguíamos la rueda
que al dar la vuelta hizo un menor arco.
Así cruzando la desierta selva,
culpa de quien creyera a la serpiente,
ritmaba el paso un angélico canto.
Anduvimos acaso lo que vuela
una flecha tres veces disparada,
cuando del carro descendió Beatriz.
Yo escuché murmurar: «Adán» a todos;
y un árbol rodearon, despojado
de flores y follajes en sus ramas.
Su copa, que en tal forma se extendía
cuanto más sube, fuera por los indios
aun con sus grandes bosques, admirada.
«Bendito seas, grifo, porque nada
picoteas del árbol dulce al gusto,
porque mal se separa de aquí el vientre.»
Así en tomo al robusto árbol gritaron
todos ellos; y el animal biforme:
«Así de la virtud se guarda el germen.»
Y volviendo al timón del que tiraba,
junto a la planta viuda lo condujo,
y arrimado dejó el leño a su leño.
Y como nuestras plantas, cuando baja
la hermosa luz, mezclada con aquella
que irradia tras de los celestes Peces,