La Divina Comedia

La Divina Comedia

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si encuentran novedades o vestigios,

las mujeres, junto a un lugar sombrío,

cual bajo fronda verde y negras ramas

se ve en los Alpes sobre sus riachuelos.

Delante de él al Éufrates y al Tigris

creí ver brotando de una misma fuente,

y, casi amigos, lentos separarse.

«Oh luz, oh gloria de la estirpe humana,

¿qué agua es ésta que mana en este sitio

de un principio, y que a sí de sí se aleja?»

A tal pregunta me dijeron: «Pide

que te explique Matelda»; y respondió,

como hace quien de culpa se libera,

la hermosa dama: «Esta y otras cosas

le dije, y de seguro que las aguas

del Leteo escondidas no le tienen.»

Y Beatriz: «Acaso otros cuidados,

que muchas veces privan de memoria,

los ojos de su mente oscurecieron.

Pero allí va fluyendo el Eunoé:

condúcele hasta él, y como sueles,

reaviva su virtud amortecida.»

Como un alma gentil, que no se excusa,

sino su gusto al gusto de otro pliega,

tan pronto una señal se lo sugiere;

de igual forma, al llegarme junto a ella,

echó a andar la mujer, y dijo a Estacio


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