La Divina Comedia
La Divina Comedia Piensa, lector, si lo que aquà comienza
no siguiese, en qué forma sentirÃas
de saber más un anhelo angustioso;
y verás por ti mismo qué deseo
tenÃa de saber quién eran éstas,
cuando las vi delante de mis ojos.
«Oh bien nacido a quien el ver los tronos
del triunfo eternal fue concedido,
antes de que dejase la milicia.
de la luz que se extiende en todo el cielo
nos encendemos; por lo cual, si quieres
de nosotros saber, sáciate a gusto.»
De este modo una de esas almas pÃas
me dijo; y Beatriz: «Habla sin miedo,
y cree todas las cosas que te diga.»
«Bien puedo ver que anidas en tu propia
luz, y que la desprendes por los ojos,
porque cuando te rÃes resplandecen;
mas no quien eres, ni por qué te encuentras
alma digna, en el grado de la esfera
que a los hombres ocultan otros rayos.»
Esto dije mirando a aquella lumbre
que primero me habló; y entonces ella
se hizo más luminosa que al principio.
Y como el sol que se oculta a sà mismo
por la excesiva luz, cuando disipa
el calor los vapores más templados,