La Divina Comedia
La Divina Comedia ¡No hagáis como el cordero que abandona
la leche de su madre, y por simpleza,
consigo mismo a su placer combate!»
Así me habló Beatriz tal como escribo;
luego se dirigió toda anhelante
a aquella parte en que el mundo más brilla.
Su callar y el mudar de su semblante
a mi espíritu ansioso silenciaron,
que ya nuevas preguntas preparaba;
y así como la flecha da en el blanco
antes de que la cuerda quede inmóvil,
así corrimos al segundo reino.
Allí vi tan alegre a mi señora,
al encontrarse en la luz de aquel cielo,
que se volvió el planeta aún más luciente.
Y si la estrella se mudó riendo,
¡yo qué no haría que de mil maneras
soy por naturaleza transmutable!
Igual que en la tranquila y pura balsa
a lo que se les echa van los peces
y piensan que es aquello su alimento,
así yo vi que mil y aún más fulgores
venían a nosotros, y escuchamos:
«ved quién acrecerá nuestros amores».
Y así como venían a nosotros
se veía el placer que las colmaba
en el claro fulgor que desprendían.