La Divina Comedia
La Divina Comedia «Salid —gritó con fuerza— aquà es la entrada.»
Yo vi a más de un millar sobre la puerta
de llovidos del cielo, que con rabia
decÃan: «¿Quién es este que sin muerte
va por el reino de la gente muerta?»
Y mi sabio maestro hizo una seña
de quererles hablar secretamente.
Contuvieron un poco el gran desprecio
y dijeron: « Ven solo y que se marche
quien tan osado entró por este reino;
que vuelva solo por la loca senda;
pruebe, si sabe, pues que tú te quedas,
que le enseñaste tan oscura zona.»
Piensa, lector, el miedo que me entró
al escuchar palabras tan malditas,
que pensé que ya nunca volverÃa.
«GuÃa querido, tú que más de siete
veces me has confortado y hecho libre
de los grandes peligros que he encontrado,
no me dejies —le dije— asà perdido;
y si seguir mas lejos nos impiden,
juntos volvamos hacia atrás los pasos.»
Y aquel señor que allà me condujera
«No temas —dijo— porque nuestro paso
nadie puede parar: tal nos lo otorga.
Mas espérame aquÃ, y tu ánimo flaco