La Divina Comedia
La Divina Comedia Y él me repuso: «Aún antes que la orilla
de ti se deje ver, serás saciado:
de tal deseo conviene que goces.»
Al poco vi la gran carnicería
que de él hacían las fangosas gentes;
a Dios por ello alabo y doy las gracias.
«¡A por Felipe Argenti!», se gritaban,
y el florentino espiritu altanero
contra sí mismo volvía los dientes.
Lo dejamos allí, y de él más no cuento.
Mas el oído golpeóme un llanto,
y miré atentamente hacia adelante.
Exclamó el buen maestro: «Ahora, hijo,
se acerca la ciudad llamada Dite,
de graves habitantes y mesnadas.»
Y yo dije: «Maestro, sus mezquitas
en el valle distingo claramente,
rojas cual si salido de una fragua
hubieran.» Y él me dijo: «El fuego eterno
que dentro arde, rojas nos las muestra,
como estás viendo en este bajo infierno.»
Así llegamos a los hondos fosos
que ciñen esa tierra sin consuelo;
de hierro aquellos muros parecían.
No sin dar antes un rodeo grande,
llegamos a una parte en que el barquero