La Divina Comedia

La Divina Comedia

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«O sanguis meus, o superinfusa

gratia Dei, sicut tibi cui

bis unquam celi ianüa reclusa?»

Dijo esa luz llamando mi atención;

luego volví la vista a mi señora,

y una y otra dejáronme asombrado;

pues ardía en sus ojos tal sonrisa,

que pensé que los míos tocarían

el fondo de tú gloria y paraíso.

Luego gozoso en vista y en palabras,

el espíritu dijo aún otras cosas

que no las entendí, de tan profundas;

Y no es que por su gusto lo escondiera,

mas por necesidad, pues su concepto

al ingenio mortal se superpone.

Y cuando el arco del afecto ardiente

se calmó, y se abajaron sus palabras

a la diana de nuestro intelecto,

la cosa que escuché primeramente

«¡Bendito seas —fue tú, el uno y trino,

que tan cortés has sido con mi estirpe!»

Y siguió: «Un grato y lejano deseo,

tomado de leer el gran volumen

del cual el blanco y negro no se mudan,

has satisfecho, hijo, en esa luz

desde la cual te hablo, gracias a ésa

que alas te dio para tan alto vuelo.


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