La Divina Comedia

La Divina Comedia

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y yo, que soy mortal, me siento en esta

desigualdad, y por ello agradezco

sólo de corazón esta acogida.

Te imploro con fervor, vivo topacio,

precioso engaste de esta joya pura,

que me quede saciado de tu nombre.»

«¡Oh fronda mía, que eras mi delicia

aguardándote, yo fui tu raíz!»:

comenzó de este modo a responderme.

Luego me dijo: «Aquel de quien se toma

tu apellido, y cien años ha girado

y más el monte en la primera cornisa,

fue mi hijo, y fue tu bisabuelo:

y es conveniente que tú con tus obras

a su larga fatiga des alivio.

Florencia dentro de su antiguo muro,

donde ella toca aún a tercia y nona,

en paz estaba, sobria y pudorosa.

No tenía coronas ni pulseras,

ni faldas recamadas, ni cintillos

que gustara ver más que a las personas.

Aún no le daba miedo si nacía

la hija al padre, pues la edad y dote

ni una ni otra excedían la medida.

No había casas faltas de familia;

aún no había enseñado Sardanápalo

lo que se puede hacer en una alcoba.


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