La Divina Comedia
La Divina Comedia Cierto que quien conmigo sutiliza,
si sobre él no estuviera la Escritura,
su dudar llegarÃa hasta el asombro.
¡Oh animales terrenos! ¡Mentes zafias!
La voluntad primera, por sà buena,
de sÃ, que es sumo bien, nunca se mueve.
Sólo es justo lo que a ella se conforma:
ningún creado bien puede atraerla,
pero aquella, espiendiendo, los produce.»
Igual que sobre el nido vuela en cÃrculos
tras cebar a sus hijos la cigüeña,
y como la contempla el ya cebado;
hizo asÃ, y yo los ojos levanté,
esa bendita imagen, que las alas
movió impulsada por tantos espÃritus.
Dando vueltas cantaba, y me decÃa:
«Lo mismo que mis notas, que no entiendes,
tal es el juicio eterno a los mortales.»
Al aquietarse las lucientes llamas
del EspÃritu Santo, aún en el signo
que a Roma hizo temible en todo el mundo,
volvió a decir aquél: «No sube a este
reino, quien no creyera en Cristo, antes
o después de clavarle en el madero.
Mas sabe: muchos gritan "¡Cristo, Cristo!"
y estarán en el juicio menos prope
de aquel, que otros que a Cristo no conocen;