La Divina Comedia
La Divina Comedia Presa del estupor, hacia mi guía
me volví, como el niño que se acoge
siempre en aquella en que más se confía;
y aquélla, como madre que socorre
rápido al hijo pálido y ansioso
con esa voz que suele confortarlo,
dijo: «¿No sabes que estás en el cielo?
y ¿no sabes que el cielo es todo él santo,
y de buen celo viene lo que hacemos?
Cómo te habría el canto trastornado,
y mi sonrisa, puedes ver ahora,
puesto que tanto el gritar te conmueve;
y si hubieses su ruego comprendido,
en él conocerías la venganza
que podrás ver aún antes de que mueras.
La espada de aquí arriba ni deprisa
ni tarde corta, y sólo lo parece
a quien teme o desea su llegada.
Mas dirígete ahora hacia otro lado;
que verás muchas almas excelentes,
si vuelves la mirada como digo.»
Como ella me indicó, volví los ojos,
y vi cien esferitas, que se hacían
aún más hermosas con sus mutuos rayos.
Yo estaba como aquel que se reprime
la punta del deseo, y no se atreve
a preguntar, porque teme excederse;
