La Divina Comedia

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CANTO XXII

Presa del estupor, hacia mi guía

me volví, como el niño que se acoge

siempre en aquella en que más se confía;

y aquélla, como madre que socorre

rápido al hijo pálido y ansioso

con esa voz que suele confortarlo,

dijo: «¿No sabes que estás en el cielo?

y ¿no sabes que el cielo es todo él santo,

y de buen celo viene lo que hacemos?

Cómo te habría el canto trastornado,

y mi sonrisa, puedes ver ahora,

puesto que tanto el gritar te conmueve;

y si hubieses su ruego comprendido,

en él conocerías la venganza

que podrás ver aún antes de que mueras.

La espada de aquí arriba ni deprisa

ni tarde corta, y sólo lo parece

a quien teme o desea su llegada.

Mas dirígete ahora hacia otro lado;

que verás muchas almas excelentes,

si vuelves la mirada como digo.»

Como ella me indicó, volví los ojos,

y vi cien esferitas, que se hacían

aún más hermosas con sus mutuos rayos.

Yo estaba como aquel que se reprime

la punta del deseo, y no se atreve

a preguntar, porque teme excederse;


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