La Divina Comedia
La Divina Comedia la esfera soberana en donde habitas.»
Así la melodía circular
decía, y las restantes luminarias
repetían el nombre de María.
El real manto de todas las esferas
del mundo, que más hierve y más se aviva
al aliento de Dios y a sus mandatos,
tan encima tenía de nosotros
el interno confín, que su apariencia
desde el sitio en que estaba aún no veía:
y por ello mis ojos no pudieron
seguir tras de esa llama coronada
que se elevó a la par que su simiente.
Y como el chiquitín hacia la madre
alarga, luego de mamar, los brazos
por el amor que afuera se le inflama,
los fulgc>res arriba se extendieron
con sus penachos, tal que el alto afecto
que a María tenían me mostraron.
Permanecieron luego ante mis ojos
Regina caeli, cantando tan dulce
que el deleite de mí no se partía.
¡Ah, cuánta es la abundancia que se encierra
en las arcas riquísimas que fueron
tan buenas sembradoras aquí abajo!
Allí se vive y goza del tesoro
conseguido llorando en el destierro