La Divina Comedia
La Divina Comedia Y así regreses a ese dulce mundo,
dime, ¿por qué ese pueblo es tan impío
contra los míos en todas sus leyes?»
Y yo dije: «El estrago y la matanza
que teñirse de rojo al Arbia hizo,
obliga a tal decreto en nuestros templos.»
Me respondió moviendo la cabeza:
«No estuve solo álli, ni ciertamente
sin razón me movi con esos otros:
mas estuve yo solo, cuando todos
en destruir Florencia consentían,
defendiéndola a rostro descubierto.»
«Ah, que repose vuestra descendencia
—yo le rogué—, este nudo desatadme
que ha enmarañado aquí mi pensamiento.
Parece que sabéis, por lo que escucho,
lo que nos trae el tiempo de antemano,
mas usáis de otro modo en lo de ahora.»
«Vemos, como quien tiene mala luz,
las cosas —dijo— que se encuentran lejos,
gracias a lo que esplende el Sumo Guía.
Cuando están cerca, o son, vano es del todo
nuestro intelecto; y si otros no nos cuentan,
nada sabemos del estado humano.
Y comprender podrás que muerto quede
nuestro conocimiento en aquel punto
que se cierre la puerta del futuro.»