La Divina Comedia
La Divina Comedia Miró a mi alrededor, cual si propósito
tuviese de encontrar conmigo a otro,
y cuando fue apagada su sospecha,
llorando dijo: «Si por esta ciega
cárcel vas tú por nobleza de ingenio,
¿y mi hijo?, ¿por qué no está contigo?»
Y yo dije: «No vengo por mí mismo,
el que allá aguarda por aquí me lleva
a quien Guido, tal vez, fue indiferente.»
Sus palabras y el modo de su pena
su nombre ya me habian revelado;
por eso fue tan clara mi respuesta.
Súbitamente alzado gritó: «¿Cómo
has dicho?, ¿Fue?, ¿Es que entonces ya no vive?
¿La dulce luz no hiere ya sus ojos?»
Y al advertir que una cierta demora
antes de responderle yo mostraba,
cayó de espaldas sin volver a alzarse.
Mas el otro gran hombre, a cuyo ruego
yo me detuve, no alteró su rostro,
ni movió el cuello, ni inclinó su cuerpo.
Y así, continuando lo de antes,
«Que aquel arte —me dijo— mal supieran,
eso, más que este lecho, me tortura.
Pero antes que cincuenta veces arda
la faz de la señora que aquí reina,
tú has de saber lo que tal arte pesa.