La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Este son escapó súbitamente

desde una de las arcas; y temiendo,

me arrimé un poco más a mi maestro.

Pero él me dijo: « Vuélvete, ¿qué haces?

mira allí a Farinatta que se ha alzado;

le verás de cintura para arriba.»

Fijado en él había ya mi vista;

y aquél se erguía con el pecho y frente

cual si al infierno mismo despreciase.

Y las valientes manos de mi guía

me empujaron a él entre las tumbas,

diciendo: «Sé medido en tus palabras.»

Como al pie de su tumba yo estuviese,

me miró un poco, y como con desdén,

me preguntó: «¿Quién fueron tus mayores?»

Yo, que de obedecer estaba ansioso,

no lo oculté, sino que se lo dije,

y él levantó las cejas levemente.

«Con fiereza me fueron adversarios

a mí y a mi partido y mis mayores,

y así dos veces tuve que expulsarles.»

« Si les echaste —dije— regresaron

de todas partes, una y otra vez;

mas los vuestros tal arte no aprendieron.»

Surgió entonces al borde de su foso

otra sombra, a su lado, hasta la barba:

creo que estaba puesta de rodillas.


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