La Divina Comedia
La Divina Comedia y me volví con ganas redobladas
de poder preguntar a mi señora
las cosas que a mi mente sorprendían.
Una cosa quería y otra vino:
creí ver a Beatriz y vi a un anciano
vestido cual las gentes glorïosas.
Por su cara y sus ojos difundía
una benigna dicha, y su semblante
era como el de un padre bondadoso.
«¿Dónde está ella?» Dije yo de pronto.
Y él: «Para que se acabe tu deseo
me ha movido Beatriz desde mi Puesto:
y si miras el círculo tercero
del sumo grado, volverás a verla
en el trono que en suerte le ha cabido.»
Sin responderle levanté los ojos,
y vi que ella formaba una corona
con el reflejo de la luz eterna.
De la región aquella en que más truena
el ojo del mortal no dista tanto
en lo más hondo de la mar hundido,
como allí de Beatriz la vista mía;
mas nada me importaba, pues su efigie
sin intermedio alguno me llegaba.
«Oh mujer que das fuerza a mi esperanza,
y por mi salvación has soportado
tu pisada dejar en el infierno,