La Divina Comedia
La Divina Comedia ¡Oh llama trina que en sólo una estrella
brillando ante sus ojos, las alegras!
¡Mira esta gran tempestad en que estamos!
Si viniendo los bárbaros de donde
todos los dÃas de Hélice se cubre,
girando con su hijo, en quien se goza,
viendo Roma y sus arduos edificios,
estupefactos se quedaban cuando
superaba Letrán toda obra humana;
yo, que desde lo humano a lo divino,
desde el tiempo a lo eterno habÃa llegado,
y de Florencia a un pueblo sano y justo,
¡lleno de qué estupor no me hallarÃa!
En verdad que entre el gozo y el asombro
preferÃa no oÃr ni decir nada.
Y como el peregrino que se goza
viendo ya el templo al cual un voto hiciera,
y espera referir lo que haya visto,
yo paseaba por la luz tan viva,
llevando por las gradas mi mirada
ahora abajo, ahora arriba, ahora en redor,
veÃa rostros que el amor pintaba,
con su risa y la luz de otro encendidos,
y de decoro adornados sus gestos.
La forma general del ParaÃso
abarcaba mi vista enteramente,
sin haberse fijado en parte alguna;