La Divina Comedia

La Divina Comedia

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CANTO XXXI

En forma pues de una cándida rosa

se me mostraba la milicia santa

desposada por Cristo con su sangre;

mas la otra que volando ve y celebra

la gloria del señor que la enamora

y la bondad que tan alta la hizo,

cual bandada de abejas que en las flores

tan pronto liban y tan pronto vuelven

donde extraen el sabor de su trabajo,

bajaba a la gran flor que está adornada

de tantas hojas, y de aquí subía

donde su amor habita eternamente.

Sus caras eran todas llama viva,

de oro las alas, y tan blanco el resto,

que no es por nieve alguna superado.

Al bajar a la flor de grada en grada,

hablaban de la paz y del ardor

que agitando las alas adquirían.

El que se interpusiera entre la altura

y la flor tanta alada muchedumbre

ni el ver nos impedía ni el fulgor:

pues la divina luz el universo

penetra, según éste lo merece,

de tal modo que nada se lo impide.

Este seguro y jubiloso reino,

que pueblan gentes antiguas y nuevas,

vista y amor a un punto dirigía.


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