La Divina Comedia

La Divina Comedia

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alli en el mundo, al que volver él puede.»

Y el tronco: «Son tan dulces tus lisonjas

que no puedo callar; y no os moleste

si en hablaros un poco me entretengo:

Yo soy aquel que tuvo las dos llaves

que el corazón de Federico abrían

y cerraban, de forma tan suave,

que a casi todos les negó el secreto;

tanta fidelidad puse en servirle

que mis noches y días perdí en ello.

La meretriz que jamás del palacio

del César quita la mirada impúdica,

muerte común y vicio de las cortes,

encendió a todos en mi contra; y tanto

encendieron a Augusto esos incendios

que el gozo y el honor trocóse en lutos;

mi ánimo, al sentirse despreciado,

creyendo con morir huir del desprecio,

culpable me hizo contra mí inocente.

Por las raras raíces de este leño,

os juro que jamás rompí la fe

a mi señor, que fue de honor tan digno.

Y si uno de los dos regresa al mundo,

rehabilite el recuerdo que se duele

aún de ese golpe que asesta la envidia.»

Paró un poco, y después: «Ya que se calla,

no pierdas tiempo —dijome el poeta—


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