La Divina Comedia
La Divina Comedia El fondo de éste y ambas dos paredes
eran de piedra, igual que las orillas;
y por ello pensé que ése era el paso.
«Entre todo lo que yo te he enseñado,
desde que atravesamos esa puerta
cuyos umbrales a nadie se niegan,
ninguna cosa has visto más notable
como el presente río que las llamas
apaga antes que lleguen a tocarle.»
Esto dijo mi guía, por lo cual
yo le rogué que acrecentase el pasto,
del que acrecido me había el deseo.
«Hay en medio del mar un devastado
país —me dijo— que se llama Creta;
bajo su rey fue el mundo virtuoso.
Hubo allí una montaña que alegraban
aguas y frondas, se llamaba Ida:
cual cosa vieja se halla ahora desierta.
La excelsa Rea la escogió por cuna
para su hijo y, por mejor guardarlo,
cuando lloraba, mandaba dar gritos.
Se alza un gran viejo dentro de aquel monte,
que hacia Damiata vuelve las espaldas
y al igual que a un espejo a Roma mira.
Está hecha su cabeza de oro fino,
y plata pura son brazos y pecho,
se hace luego de cobre hasta las ingles;