La vida nueva
La vida nueva II [I]. Nueve veces[2] ya, desde mi nacimiento, el cielo de la luz había vuelto a un mismo punto, en lo que concierne a su propio movimiento giratorio, cuando ante mi vista apareció por vez primera la gloriosa dueña de mi intelecto, que fue llamada Beatriz[3] por muchos que no sabían cómo se llamaba. Ella había estado en esta vida tanto tiempo como emplea el estrellado cielo en moverse hacia oriente una de las doce partes de un grado, y así, casi al principio de su noveno año apareció ante mí, y yo la vi casi al final de mi noveno. Apareció vestida de un muy noble color, humilde y honesto, purpúreo, ceñida y adornada a la manera que convenía a su jovencísima edad. Digo en verdad que, en aquel momento, el espíritu de la vida[4], que habita en la secretísima cámara del corazón, comenzó a latir tan fuertemente, que se advertía de forma violenta en las menores pulsaciones; y temblando, dijo estas palabras: Ecce deus fortior me, qui veniens dominabitur michi[5]. En aquel punto, el espíritu animal, que habita en la elevada cámara a la cual todos los espíritus sensitivos envían sus percepciones, comenzó a maravillarse en demasía, y hablando especialmente a los espíritus de la vista, dijo estas palabras: Appamit iam beatitudo vestra[6]. Entonces, el espíritu natural, que habita en aquella parte donde se regula nuestra nutrición, rompió a llorar, y llorando, dijo estas palabras: Heu miser, quia frequenter impeditus ero deinceps[7]!. Confieso que desde entonces Amor fue el dueño de mi alma, que se desposó con él muy pronto, y comenzó a tomar sobre mí tanta seguridad y dominio, por el poder que mi imaginación le daba, que me veía obligado a cumplir todos sus deseos enteramente. Muchas veces me ordenaba que intentase ver a esta angelical joven; por lo que muchas veces en mi infancia la estuve buscando, y la veía de un porte tan noble y laudable, que ciertamente se podían decir de ella las palabras del poeta Homero: «No parecía hija de un mortal, sino de un dios[8]». Y aunque su imagen, que me acompañaba continuamente, fuese la arrogante confianza de Amor para enseñorearse de mí, era sin embargo de tan noble virtud, que nunca consintió que Amor me gobernase sin el consejo fiel del entendimiento en aquellas cosas en las que tal consejo fuese útil de oír. Pero como el dominio de las pasiones y actos pueriles pudiera parecerle exagerado a alguien, lo dejaré a un lado, y silenciando muchas cosas que se podrían sacar del ejemplo en donde nacen éstas, vendré a aquellas palabras que están escritas en mi memoria bajo mayores títulos.
