La vida nueva
La vida nueva III [II]. Luego que pasaron tantos días como para cumplirse justamente nueve años desde la citada aparición de esta gentilísima, en el último de esos días, sucedió que esta dama admirable se me apareció vestida de un color blanquísimo, en medio de dos gentiles damas de más avanzada edad; y al pasar por una calle, volvió sus ojos hacia donde yo estaba, lleno de temor, y por su inefable cortesía, recompensada hoy en el cielo, me saludó muy virtuosamente, de modo que me pareció ver entonces todos los extremos de la beatitud. La hora en que recibí su dulce saludo era exactamente la de nona de aquel día, y como aquélla fue la primera vez que sus palabras fueron dichas para mis oídos, sentí tanta dulzura, que como embriagado me aparté de la gente, y corrí al solitario retiro de mi estancia, y me puse a pensar en dama tan cortés. [III]. Y pensando en ella, me alcanzó un agradable sueño en el que tuve una visión maravillosa: me parecía ver en mi cámara una nubecilla color de fuego, en cuyo interior descubría la figura de un varón de aspecto terrible para quien la mirase; y me parecía tan congraciado consigo mismo, que resultaba algo admirable; y hablaba de muchas cosas, de las cuales yo entendía sólo unas pocas, y entre esas pocas, éstas: Ego dominas tuus[9]. En sus brazos me parecía ver una persona que dormía desnuda, apenas arropada ligeramente por un paño color sangre; después que la miré muy atentamente, supe que era la mujer de mi salud, la que el día anterior se había dignado saludarme. Y en una de sus manos, me parecía que este varón llevaba una cosa que ardía enteramente, y parecía decirme estas palabras: Vide cor tuum[10]. Y después de que él estuviera algún tiempo, me parecía que despertaba a la que dormía; y tanto se esmeraba en su ingenio, que le hacía comer aquello que en la mano le ardía, y ella lo comía tímidamente. Después de esto, al punto su alegría se transformaba en amargo llanto; y llorando, estrechaba a la mujer entre sus brazos, y me parecía como si se fuera con ella hacia el cielo, por lo que yo me angustiaba de tal forma, que no podía mantener mi débil sueño, sino que se rompió y desperté. Al punto comencé a pensar, y me di cuenta de que la hora en la cual me había aparecido esta visión fue la cuarta de la noche, de modo que resulta manifiesto que esta hora fue la primera de las nueve últimas horas de la noche. Pensando en aquello que se me había aparecido, me propuse que lo supieran muchos de los que eran famosos trovadores por aquel tiempo, y como era el caso que yo ya conocía por mí mismo el arte de decir palabras rimadas, me propuse hacer un soneto en el que saludase a todos los vasallos de Amor; y pidiéndoles que juzgasen mi visión, les escribí aquello que había visto en mi sueño. E hice entonces el soneto que empieza A toda alma cautiva.
