El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Pero en el seno de aquella familia improvisada por la desgracia, junto al lecho de aquella anciana moribunda, hacía falta un hombre, un apoyo, una fuerza que infundiera aliento a los demás y proveyese a las necesidades que siempre aumenta el desamparo. Y ese hombre, ¿quién podía ser sino él, Nicolás, el hombre a quien aquella virtuosa señora había escogido para yerno, y había amado como a un hijo suyo, el que, a su vez huérfano desde su infancia, había concentrado en ella todo su afecto filial? ¡Cómo le habría buscado la enferma en su delirio! ¡Cómo habría también Pilar invocado su nombre en silencio, deseando verlo a su lado, en aquellos momentos de horrorosa angustia! Este último pensamiento era, en medio de su ansiedad, como una gota de néctar que caía en su corazón, que rebozaba amargura.
Desde su salida de Yautepec, preso y amenazado de muerte por aquel militar insolente y arbitrario, Nicolás no había hecho más que pensar en aquellos dos objetos de su cariño: doña Antonia y Pilar, y su espíritu agitado pasaba sin cesar del infortunio de la desdichada señora, al amor de la hermosa joven, amor tanto más grato, cuanto que se había rebelado de súbito, y justamente cuando se habían oscurecido para él todos los horizontes de la vida.