El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Sí, tú —replicó la otra—, no lo disimules; tú sueñas con el casamiento; no haces más que hablar de ello todo el día, y por eso escoges los azahares de preferencia. Yo no, yo no pienso en casarme todavía, y me contento con las flores que más me gustan. Además, con la corona de azahares parece que va una a vestirse de muerta. Así entierran a las doncellas.

—Pues tal vez así me enterrarán a mí —dijo la morena—, y por eso prefiero estos adornos.

—¡Oh! Niñas, no hablen de esas cosas —exclamó la señora en tono de reprensión—. Estar los tiempos como están y hablar ustedes de cosas tristes, es para aburrirse. Tú, Manuela, —dijo dirigiéndose a la joven altiva—, deja a Pilar que se ponga las flores que más le cuadren y ponte tú las que te gusten. Al cabo, las dos están bonitas con ellas… y como nadie las ve —añadió, dando un suspiro.

—¡Ésa es la lástima! —dijo con expresivo acento Manuela—. Ésa es la lástima —repitió—, que si pudiéramos ir a un baile o siquiera asomarnos a la ventana… ya veríamos…


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