El Zarco. La Navidad en las montanas

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Los otros bandidos se habían levantado también y rodeaban a los recién llegados, saludándolos y dirigiendo requiebros a la joven. El Zarco se apeó, riendo a carcajadas, y fue a bajar a Manuela, que se hallaba aturdida y no acertaba a sonreír ni a responder a aquellos hombres. No estaba acostumbrada a semejante compañía y le era imposible imitar sus modales y su fraseología cínica y brutal.

—¡Vamos, aquí hay refresco! —dijo uno de los del grupo, trayendo un vaso de aguardiente, de ese aguardiente de caña fuerte, y mordente y desagradable que el vulgo llama chinguirito.

—No —dijo el Zarco, apartando el vaso—, esta niña no toma chinguirito, no está acostumbrada; lo que queremos es almorzar, porque hemos andado casi toda la noche y toda la mañana, no hemos probado bocado.

—A ver, mujeres —gritó a las gentes que había dentro de la capilla, de la cual se exhalaba, juntamente con el humo de la leña, cierto olor de guisados campesinos—, háganos de almorzar, y tomen esto —añadió alargando la maleta que contenía la ropilla de Manuela; ésta solo conservó su saco de cuero, en que guardaba las alhajas, que nunca le parecieron más en peligro que en aquel lugar.


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