El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Por otra parte, la mujer ama las alhajas por el placer de ostentarlas en público, y ella no podía lucirlas delante de nadie, al menos por de pronto. No en las poblaciones, porque no podía bajar a ellas, y tampoco delante de aquellos malhechores, porque les darían tentaciones de arrebatárselas. Además si hubiera sido el deseo del lujo el que la hubiese guiado en su afición al Zarco, él la habría decidido de preferencia en favor de Nicolás, porque el herrero poseía ya una fortuna regular y saneada, y aunque era económico como todo hombre que tiene moralidad y que gana el dinero con un trabajo difícil, es seguro que, enamorado como estaba de ella, le habría dado cuanto quisiera para verla feliz.
Así, pues, no era la codicia la que la había arrojado en los brazos de aquel amante: era el amor, era la fascinación, era una especie de vértigo, lo que la hizo enloquecerse y abandonar todo, madre, hogar, honor, cuanto hay de respetable y sagrado, por seguir a aquel hombre sin el cual, todavía hacía dos días, no podía vivir.
¡Y ahora!…