El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Entretanto, el Zarco le prodigaba mil cuidados, la llenaba de atenciones; se esmeraba, acompañado de los bandidos y de las mujeres, a componer el departamento que le estaba destinado en la capilla, trayendo esteras nuevas, tendiendo jorongos, colgando algunas estampas de santos, y sobre todo, mostrándole sus baúles, en los que había algunas talegas de pesos, alguna vajilla de plata, mezclada con arreos de caballo, con cortes de vestidos de seda, ropa blanca de hombre y de mujer, y mil otros objetos extraños. Hubiérase dicho que aquellas arcas eran verdaderos nidos de urraca, en lo que todo lo robado estaba revuelto confusamente.
—Todo esto es tuyo, Manuelita, tuyo nada más; aquí tienes las llaves y yo te traeré más.
Manuela sonreía tristemente.
El Zarco, al verla así, creía que estaba extrañando el cambio de vida; pero ni un momento pudo sospechar el que se había efectuado en el ánimo de su amada, de cuya pasión estaba cada vez más seguro.
Así es que previno a aquellas mujeres que la entretuvieran, que la distrajeran, elogiándole la existencia que se llevaba allí, las diversiones que se improvisaban y, sobre todo, la fortuna del Zarco en sus asaltos y sus presas.