El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡Pues ya verás si sé matar también a los vivos! —replicó el Zarco lívido de cólera.

—¡Bueno, bueno —dijo Salomé interponiéndose—; no queremos disputas; cualquiera es bueno para despachar a los presos! El caso es que no amanezcan; llévenle la orden al Amarillo y vámonos. Se acabó el baile.

—¡Ah!, ¡otra noticia! —añadió uno de los recién llegados—. Esta mañana se enterró, en Yautepec, la madre de la muchacha que se trajo el Zarco.

Entonces se oyó un grito agudo que hizo volver la cara a todos aquellos hombres.

—¡Mi madre! —exclamó Manuela, y se dejó caer desfallecida en el suelo.

—¡Pobrecita! —dijeron las mujeres, ya vueltas en sí de la embriaguez ante aquella lluvia de malas noticias.

—Levántala, Zarco, y llévatela a que se conforme, porque si no nos va a estorbar.

El Zarco, ayudado de algunas mujeres, levantó a Manuela, la cargó y se la llevó a la capilla, donde la recostó en su cama. La joven estaba moribunda. Tantas emociones seguidas, tantos peligros, tantas amenazas, tantos horrores, habían abatido aquella naturaleza débil y estaban oscureciendo aquel espíritu. Manuela estaba como idiota y no hacía más que llorar en silencio.


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