El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Entre nosotros —añadió, viendo que Manuela sollozaba con más violencia—, no se usa afligirse tanto ni hacer tanto duelo cuando se nos muere alguno…, ¡para eso nacimos! Además, tú madre ya estaba vieja, y me aborrecía la buena señora; rézale un sudario, y amén… no vuelvas a acordarte de ella. Tu indio debe haberla enterrado y se cogerá la huerta, y se pagará los gastos; después lo enterrarás a él, no tengas cuidado, y tendrás el gusto de llorar en su sepultura.

Así, pues, aquel bandido, aquel Zarco, a quien Manuela había creído siquiera hombre, siquiera compasivo, no era más que un perverso sin entrañas, que complacía en aumentar su tormento, en insultarla en los momentos de mayor pesadumbre, y en calumniar al hombre generoso que, seguramente y ya sin interés de ninguna especie había asistido en sus últimos instantes a la pobre anciana y le había dado sepultura.

¡Nicolás y Pilar! ¡Otra vez esta pareja, que no dejaba de aparecer en su imaginación! Ahora, ¡qué grandes y qué nobles le aparecían estos dos jóvenes…! Pero ¡qué desgracia que no se le aparecieran así sino para causarle el horroroso tormento de los celos, y la indecible vergüenza de considerarse como un monstruo de ingratitud y de bajeza en comparación de ellos!


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