El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Porque Martín Sánchez era un hombre ya entrado en años. Tenía unos cincuenta; sólo que contaba con una de esas robustas y vigorosas naturalezas que solo se ven en el campo y en la montaña, fortificadas por el aire puro, la sana alimentación, el trabajo y las costumbres puras. Así es que, aunque cincuentón, parecía un hombre en toda la fuerza de la virilidad.
De estatura pequeña, de cabeza redonda, y que parecía encajada en los hombros por lo pequeño del cuello, sus anchas espaldas, sus brazos hercúleos y sus piernas torcidas y nervudas, revelaban en él al trabajador infatigable y al consumado jinete.
Sus ojos pequeños, verdosos y vivos, su nariz aguileña, su cara morena y bien colocada, su boca de labios delgados y fruncidos, su barba rasurada siempre juntamente con su frente estrecha y sus cabellos cortados a peine y casi rizados, le daban cierta apariencia felina. Tenía una vaga semejanza con los leopardos.
Tal era el hombre que ejerció una influencia importantísima en esa época en la tierra caliente, y a cuya acción se debió principalmente la extinción de esa plaga espantosa de bandidos que por años enteros asoló aquellas fértiles y ricas comarcas.
Vivía, pues, Martín Sánchez tranquilamente consagrado a sus labores, como lo hemos dicho, cuando, estando ausente él y su esposa, cayó en su rancho una gran partida de plateados.