El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —SÃ, madrina —contestó la modesta joven—, tiene usted sobrada razón. Nicolás es un hombre muy bueno, muy trabajador, que quiere muchÃsimo a Manuela, que serÃa un marido como pocos, que le darÃa gusto en todo. Yo siempre se lo estoy diciendo a mi hermana. Además, yo no lo encuentro horrible…
—¡Qué horrible va a ser! —exclamó la señora; sino que esta tonta, como no lo quiere, le pone defectos como si fuera un espantajo. Pero Nicolás es un muchacho como todos y no tiene nada que asuste. No es blanco, ni español, ni anda relumbrando de oro y de plata como los administradores de las haciendas o como los plateados, ni luce en los bailes y en las fiestas. Es quieto y encogido, pero eso me parece a mà que no es un defecto.
—Ni a mà —añadió Pilar.
—Bueno, Pilar —dijo Manuela—, pues si a ti te gusta tanto, ¿por qué no te casas tú con él?
—¿Yo? —respondió Pilar, poniéndose primero pálida y luego encarnada hasta llorar—, ¿yo, hermana?, ¿pero por qué me dices eso? Yo no me caso con él porque no es a mà a quien él quiere, sino a ti.
—¿De modo que si te pretendiera le corresponderÃas? —preguntó sonriéndose malignamente la implacable Manuela.
Pilar iba quizás a responder, pero en ese instante llamaron a la puerta de un modo tÃmido.