El Zarco. La Navidad en las montanas

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VII

De repente, y al desembocar de un pequeño cañón que formaban dos colinas, el pueblecillo se apareció a nuestra vista como una faja de rojas estrellas en medio de la oscuridad, y el viento de invierno pareció suavizarse para traernos en su vago aroma de los huertos, el humor de la gente y el simpático ladrido que siempre escucha el caminante durante la noche con intensa alegría.

—Ahí tiene usted mi pueblo, señor capitán —me dijo el cura.

—Me parece muy pintoresco —le contesté— a juzgar por la posición de las luces y por el aire balsámico que nos llega y que revela que allí hay pequeños jardines.

—Sí, señor; los hay muy bonitos. Como el clima es muy frío y el terreno bastante ingrato, los habitantes se limitaban, antes de que yo llegara aquí, a cultivar algunos pobres árboles que no les servían más que para darles sombra; unas cuantas y tristes flores nacían enfermizas en los cercados, y en vano se hubiera buscado en las casas la más común hortaliza para una ensalada o para un puchero. Los alimentos se reducían a tortillas de maíz, frijol, carne y queso; lo bastante para no morirse de hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más agradable la vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.


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