El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —¿No gusta aquà esa carne?
—Poco, diré a usted, francamente; soy yo quien no gusta de comer carne; y como mis pobres feligreses se han acostumbrado por simpatÃa a amoldarse a mis gustos, ellos también van quitándose la costumbre, sin que por eso les diga yo sobre ello una sola palabra. Por eso verá usted también en el pueblo, relativamente, pocas aves de corral. Pongo yo poco empeño en la propagación de esas desgraciadas vÃctimas del apetito humano. En general, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero a los animales que ayudan al hombre en los rudos y santos trabajos del campo. AsÃ, los bueyes que hay en el pueblo son quizá los más robustos y los mejores del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos y los caballos son ligeros y robustos, como conviene a un paÃs montañoso; aunque, a decir verdad, hay más de los primeros que de los segundos, porque sirven aquéllos para cargar las mieses que se conducen por nuestros escabrosos caminos; pero éstos no son útiles más que para algunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los habitantes prefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.
—Señor cura —le dije— estoy muy contento de oÃr a usted, y me parece admirable la rapidez con que usted ha cambiado la faz de estos pobres lugares.