El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡Cómo no ha de arriesgar usted! —repuso la señora—; en primer lugar, aunque usted es pobre, se sabe que es usted un artesano honrado y económico, que es el maestro de la herrería de Atlihuayan, y deben suponer que tiene usted algo guardado; luego, aunque no fuera más que porque monta usted buenos caballos y porque tiene buenas armas…

—¡Oh, señora! —exclamó riendo Nicolás—, por lo que yo puedo tener guardado no vale la pena de que me ataquen esos señores; porque ellos se arriesgan por mayores intereses. Por otra parte, yo no me dejaría plagiar. No es eso fanfarronada, pero la verdad es, señora, que vale más morir de una vez que sufrir las mil muertes que tienen los plagiados. Ya habrá oído usted contar lo que les hacen. Pues bien, la mejor manera de escapar de esos tormentos, es defenderse hasta morir. Siquiera de ese modo se les hace pagar caro su triunfo y se salva la dignidad del hombre —añadió con varonil orgullo.

—¡Ah!, si todos pensaran así —dijo la señora—, si todos se resolvieran a defenderse, no habría bandidos ni necesitaríamos de las fuerzas del gobierno, ni viviríamos aquí muertos de miedo, temblando como pájaros azorados.


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