El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Naturalmente, los amores de los demás le causaban irritación, y aquellas muchachas que según su posición amaban al rico, al dependiente o al jornalero, le inspiraban un deseo insensato de arrebatarlas y de mancharlas. No había entre todas una que hubiera fijado los ojos en él, porque él tampoco había procurado acercarse a ninguna de ellas con intenciones amorosas. Las de su clase no eran de su gusto, y para las de rango superior él estaba colocado en muy baja esfera, ¡un mozo de caballeriza!
Él era joven, no tenía mala figura: su color blanco impuro, sus ojos de ese color azul claro que el vulgo llama zarco, sus cabellos de un rubio pálido y su cuerpo esbelto y vigoroso, le daban una apariencia ventajosa; pero su ceño adusto, su lenguaje agresivo y brutal, su risa aguda y forzada, tal vez le había hecho poco simpático a las mujeres. Además, él no había encontrado una bastante hermosa a quien procurase ser agradable.
Por fin, cansado de aquella vida de servidumbre, de vicio y de miseria, el Zarco se huyó de la hacienda en que estaba, llevándose algunos caballos para venderlos en la tierra fría. Como era de esperarse, fue perseguido; pero ya en este tiempo, al favor de la guerra civil, se había desatado en la tierra fría cercana a México una nube de bandidos que no tardó en invadir las ricas comarcas de la tierra caliente.