El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Pero después de saciado este deseo, el más acariciado de todos, ¿qué harÃa con la joven? Se preguntaba él. ¿Se casarÃa con ella? Eso era imposible, y además, tener una esposa legÃtima no halagaba su vanidad. Una querida como ella sà era un triunfo entre sus compañeros. ¿AbandonarÃa aquel rumbo y aquella carrera de peligros para huir con ella, lejos, para gozar en un rincón cualquiera de una existencia oscura y tranquila? Pero eso también era imposible para aquel facineroso, que habÃa ya probado los embriagantes goces del combate y del robo. Dejar aquella vida agitada, inquieta, sembrada de peligros, pero también de pingües recompensas, era resignarse a ser pobre, a ser pacÃfico; era exponerse a que un miserable alcalde de pueblo lo amarrase cualquier dÃa y lo encerrase en la cárcel para ser juzgado por sus antiguas fechorÃas. PodÃa convertir su botÃn, que era importante, en tierras de labor, en un rancho, en una tienda. Pero él no sabÃa trabajar, y sobre todo, le repugnaba hondamente esa existencia de trabajo oscuro y humilde, monótona, sin peripecias, aburridora, expuesta siempre al peligro de una denuncia, sin más afán que el de ocultar el pasado de crimen, sin más entretenimiento que el cuidado de los hijos, sin más emociones que las del terror. No, era preciso seguir asà por ahora, que después ya habrÃa tiempo de decidirse, según lo exigiesen las circunstancias.