El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas LA FUGA
Al dÃa siguiente, Nicolás, el herrero de Atlihuayan, vino, como de costumbre, en la tarde, a hacer su vista a la madre de Manuela y la encontró preocupada y triste. La joven estaba durmiendo y la señora se hallaba sola en el pequeño patio en que la encontramos la tarde anterior…
—¿Hay alguna noticia nueva? —preguntó doña Antonia al joven artesano.
—SÃ, señora —respondió éste—; parece que la caballerÃa del gobierno llegará, por fin, mañana. Es preciso que estén ustedes dispuestas, porque sé que no permanecerá ni un dÃa y que se va pasando por Cuautla y de allà se dirige a México.
—Yo estoy lista ya enteramente —respondió doña Antonia—. Todo el dÃa nos hemos pasado arreglando los baúles y recogiendo mi poco dinero. Además, he ido a ver al juez para que me extendiera un poder, que voy a dejar a usted —añadió, tomando de su cesto de costura un papel que dio a Nicolás—. Usted se encargará, si me hace favor, de vender esta huerta, lo más pronto posible, o de arrendarla, pues según están las cosas, no podemos volver pronto y estoy aburrida de tanto sufrir aquÃ. Si usted se va a México, allá nos encontrará como siempre y quizás entonces se habrá cambiado el ánimo de Manuela.
