El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Apenas acababa de llegar, cuando oyó el leve silbido con que su amante se anunciaba, y a la luz de un relámpago pudo distinguirlo, envuelto en su negra capa de hule y arrimándose al cercado.
Pero no venÃa solo. Acompañábanlo otros tres jinetes, envueltos como él en sendas capas y armados hasta los dientes.
—¡Maldita noche! —dijo el Zarco, dirigiéndose a su amada—. Temà que no pudieras salir, mi vida, y que todo se malograra hoy.
—¡Cómo no, Zarco! —respondió ella—; ya has visto siempre que cuando doy mi palabra, la cumplo. Era imposible dejar esto para otra ocasión, pues mañana llega la tropa y tal vez tendrÃamos que salir inmediatamente.
—Bueno, ¿ya traes todo?
—Todo está aquÃ.
—Pues ven; cúbrete con esta capa —dijo el Zarco alargando una capa de hule a la joven.
—Es inútil, estoy ya empapada y bien puedo seguir mojándome.
—No le hace, póntela, y este sombrero… ¡Válgame Dios! —dijo al recibirla entre sus brazos—. ¡Pobrecita, si estás hecha una sopa!
—Vámonos, vámonos —dijo ella palpitante—, ¿quiénes son ésos?